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domingo, 3 de abril de 2011

Diario de un plavi (Parte I)

Desde su más tierna infancia, Plavito había actuado siempre con un fuerte sentido ético. Creció queriendo ser una buena persona, intentando hacer siempre el bien. Le disgustaban las discusiones, los ruidos y las complicaciones y soñaba con una vida donde reinara el silencio y los problemas no fueran tal. Una vida en la que las personas no se complicaran. Una vida contemplativa.

A pesar de que Plavito creía que tomando dicha actitud los demás también la tomarían con él, las cosas eran bien distintas. Él intentaba agradar a los que le rodeaban en todo momento, pero éstos no pensaban tanto en él. Por ejemplo, Plavito siempre estaba de acuerdo en cualquier decisión que hubiera que tomar, no es que diese siempre su brazo a torcer sino que anteponía la opinión de los demás a la suya propia. Curiosamente esta actitud no recibía muchos halagos, sino que los demás criticaban su falta de iniciativa. Además, dejaron de tenerle en cuenta a la hora de tomar una decisión. Total, él nunca ponía problemas ni aportaba mucho.

Con las chicas le pasaba tres cuartos de lo mismo. Cuando una chica le atraía, intentaba agradarla en todo momento. Tomaba una actitud que se podría definir de servicial, haciendo todo lo que estuviera en su mano para que ella estuviera más a gusto. Desde darle siempre la razón en cualquier tema hasta ayudarla a llevar los libros, cualquier cosa que estuviera en su mano la hacía sin dudarlo ni un instante. 'Curiosamente' (cada vez resulta menos curioso), ellas no suelen enamorarse de sus criados. De hecho, en su afán por hacerla feliz, fue incluso capaz de ayudarla a que saliese con el chico que la gustaba.

Poco a poco, nuestro amigo fue cumpliendo el primer estadio de la filosofía Plavi, que por aquél entonces todavía ni existía:

Era tan, tan bueno, que llegaba a ser tonto.

martes, 28 de octubre de 2008

Tienes un (sh) e-mail

Se trataba de una chica un par de años mayor que yo de cierto país transalpino. Yo, fiel transeúnte de la rutina, acepté con bastante transigencia que la chica me agregase al messenger para charlar un poco, a pesar de no saber nada de ella. Después de las presentaciones pertinentes no transcurrió mucho hasta que se produjo la manida transición desde los temas triviales hasta transgredir nuestra intimidad con temas más transcendentales.

Yo no transpiraba mucho interés en un primer momento, por lo menos no tanto como parecía transmitir ella. Así que opté por continuar con la misma actitud, no fuese a ser que acabase transcolocando todo si transformaba mi forma de actuar. Todo parecía ir bien, tanto que acabamos transnochando mientras hablábamos, con Internet como transporte de nuestras palabras.

Al día siguiente, tras una breve charla yo pretendía transpasar la barrera física, así que le pregunté si tenía en el ordenador alguna foto suya. Y tuvo lugar la siguiente conversación tal y como os la transcribo, cual locutor del transistor:

- ¿Me puedes transferir alguna foto tuya? Es que la que tienes de avatar se ve transfigurada.
- Digamos que no.
- No entiendo. ¿Las tienes transpapeladas?
- Es que... no he sido totalmente transparente contigo.
- ¿Has sido translúcida? - bromeé.
- Jeje. Hay una cosa sobre mí que no te he dicho. ¿Quieres saberla? Es que igual huyes cual tránsfuga.

Yo no acertaba a transver que podía estar pasando, pero quería llegar al transfondo de la situación y no transponer el tema para más adelante. Se trataba de una situación transversal y no podía transladar mi atención hacia otra cosa hasta descubrir de que se trataba.

- Hemos venido a jugar. Voy preparando una transfusión de sangre por si es muy fuerte - le dije aparentando tranquilidad.
- Verás... es que...
- Sí...
- Soy una chica trans.


domingo, 28 de septiembre de 2008

La diosa fortuna

23 años. Esos tenía yo y todavía no había sido capaz de acercarme a un grupo de chicas para entablar conversación. No era por falta de oportunidades, porque todos los fines de semana se daba la ocasión, sino que era una cuestión de coraje. Siempre era la misma historia: la noche comenzaba con un momento de esperanza «¿Y por qué no?» me pregunta, pero a medida que se iba haciendo más factible me entraba el vértigo, los sudores fríos y, por último, los gloriosos bufidos.

No había sido una vez ni dos las que mis amigos me habían dicho que tenía que dar el paso y yo sabía que tarde o temprano tenía que intentarlo. Pero al final siempre optaba por "tarde". Siempre, hasta aquella noche.

Nada parecía indicar que aquella noche iba a ser especial. Llegamos todos media hora tarde, alguno vaticinaba que iba a ser una gran noche (ante la incredulidad del resto), el camarero nos intentó estafar, confundimos Plaza de España con Banco de España y fuimos donde no era, ... Todo ello sucesos corrientes en las noches plavi. Como era habitual, comenzamos yendo al garito de siempre a sentarnos en unos bancos y no consumir (por no perder la costumbre).

Pero surgió la idea. Esa noche decidiríamos quien entraría a un grupo de chicas mediante la tirada de un dado. Éramos tres los libres (sin novia, vamos) así que asignamos dos números a cada uno y decidimos tirar el dado. Si salía un uno o un cuatro tendría que romper con mi modus operandi y dar el paso.

Agité bien el dado en mis manos sudorosas, pensé «Dado, hágase tu voluntad sobre la nuestra, pues sólo tú sabes cual es el camino correcto». No sin ciertos temores, solté el dado sobre la mesa. Un uno. Tendría que echarle valor y superar mis miedos, demostrando que un trozo de plástico podía más que horas y horas de conversaciones racionales con mis amigos.




¿Qué te parece?

viernes, 19 de septiembre de 2008

Una historia recurrente.

La llamada no dejaba lugar a dudas. Lo había vuelto hacer, y a su manera, que a menudo solía identificarse con la peor y más radical solución a un problema. Carlos, en lo que a ojos de su amigo Javier parecía un nuevo ataque de neurosis afectiva, había decidido dejar a la chica con la que entonces salía. Sin previo aviso, decidió que ella nunca más iba a saber nada de él. Ella se llamaba Clara y ella había llegado más lejos que ninguna otra antes: en una noche, tras horas hablando, lo había besado. Y este beso fue su primer beso. Entonces Carlos tenía 22 años.

Sin embargo éste es el final. Empecemos por el principio.

No se trataba de una tarde cualquiera de un sábado más. No para Carlos. No iba a quedar con sus amigos, tal y como llevaba haciendo de forma rutinaria cada sábado desde la adolescencia. Esa tarde significaba la tercera cita con Clara, la primera vez que le iba a ver en más de una semana. Él trataba de consolidar una relación que, a todas luces, se había caracterizado por una ignorancia romántica que impedía vislumbrar el verdadero transcurso de su quehacer diario. El lugar convenido para el encuentro fue la Puerta del Sol. Seguramente tres cuartas partes de los ciudadanos de Madrid han quedado de una u otra forma en ese lugar. No eran, pues, muy originales, aunque... ¿de qué sirve la originalidad cuando lo demandado es única y exclusivamente la funcionalidad? Carlos odiaba la originalidad gratuita, pensaba que tan sólo traía complicaciones, y lo más importante, no sabía que se podía esperar de ella. La sensación de incertidumbre lo mortificaba.

Él llegó en lo que le pareció diez minutos tarde de la hora convenida. Decimos que le pareció porque nunca llevaba reloj. Quizá fueran veinte minutos tarde. Su impuntualidad para con todo el mundo, fuera quien fuese, constituía otra de sus cuidadas rutinas. Ésta venía propiciada por su ritual, casi obsesivo, de aseo previo a su salida a la calle. Este ritual lo mantenía ocupado en el cuidado de su aspecto unos cuarenta minutos hasta que finalmente salía de casa, triunfante ante el espejo -en su caso, un viejo disco compacto estratégicamente colocado a la altura de su cara en una estanteria, y es que al parecer nadie sabía más que él de lo favorecido del reflejo de uno mismo en un disco compacto-. A veces, y según la opinión de sus propios amigos, Carlos podía ser algo raro.

En ese día el plan era ver una película. La película iba a ser "La Fuente de la vida". Sus protagonistas eran Hugh Jackman y Rachel Weisz, y atendiendo a la calidad de la misma, poco más se puede decir. Carlos desconocía la película, por lo que no tuvo ningún problema en admitir el plan de Clara como bueno. A decir verdad y tras meditarlo un corto espacio de tiempo, el plan podría ser muy bueno. No sólo iba a poder ver una película que desconocía por completo, y de la que se hallaba liberado de prejuicios promocionales y de comentarios de terceros, sino que además la oscuridad de la sala podría invitar a potenciales besos desprovistos de miradas ajenas en los que la lengua cobraría un especial protagonismo.

Como no podía ser de otra manera, se sentaron en butacas contiguas, uno al lado del otro. Clara a la izquierda de Carlos. Y empezaron a besarse. Y a conversar.

- Ayer pasé una noche loca- dijo ella, mirando de soslayo a Carlos, que se había dedicado a dormir largo y tendido la noche del viernes.

- ¿Ah sí? Cuéntame, ¿qué pasó?- se interesó él, con cara seria.

-¿Te acuerdas de Carol? Pues ayer salí con ella, por garitos de Leganés. Nos tajamos un montón...En uno de esos garitos, nos escapamos de nuestros amigos, y...¡acabamos en los baños! - contó Clara, tan aprisa que casi parecía que estuviese emocionada.

- Vaya, pero... - dijo Carlos.

- Pues nada, en eso que entra y subiéndome el top, le dije "hazme tuya". Nos besamos un poco. Pero nada más. Y ya te digo, fue una noche loca, loca...- le interrumpió.

Carlos no dijo más. Sonreía. Pudo haber llorado, pero él sonreía. En aquellos momentos pensó que lo único provechoso que podría hacer era besarla. Y así hizo. La besó. La besó de tal forma que puso en práctica ese viejo refrán que dice que de lo perdido saca lo que puedas. Como un náufrago en una vieja balsa con un acceso de agua y que intenta salvar con premura todo aquello que le puede resultar de utilidad en la isla desierta en la que sabe que pasará buena parte del resto de su vida. Al menos hasta que alguien le rescate.

Lo que aconteció posteriormente apenas guarda ningún interés. Vieron la película y Carlos acompañó a Clara hasta su casa. Allí se despidieron, tras un largo beso. No se dijeron mucho. Quizá Carlos ya sabía que lo mejor era no decir nada. Quizá no deseaba respuestas o quizá sí, pero no en ese momento. No sabía de qué era momento. En el camino de vuelta a casa todo era un quizá. "¿De verdad me gusta Clara?" se preguntaba mientras andaba y dudaba si coger el metro o el autobús.

sábado, 13 de septiembre de 2008

El neotestamento

Abrióse el cielo y el Jésus (con tilde, sí, porque él lo vale) dijo:

«Háganse los muñecos de peluche para uso y disfrute carnal de mis discípulos, hasta haberlos desgastado»

Y así se hizo su voluntad sobre la Tierra. Y el Jésus vio que era bueno, tan bueno que su mayor discípulo se enganchó a ello. Tanto que el osito acabó pidiendo piedad:


El Jésus prometió ayudarle, pero también dijo:

«Si el amor le hace feliz, a quien amar es lo de menos (*), aunque este sea un muñeco de peluche»

viernes, 12 de septiembre de 2008

A la manera de Holden Caulfield.

Si quieren que les diga la verdad me siento triste. En serio. Dicho así sé que puede sonar a broma. Pero desde luego que no lo es. Maldita sea. Le acabo de decir a Laura que no la puedo volver a ver. Desde luego que es mala suerte. Vas una noche a un bar y una chica guapa se te acerca. Lo nunca visto. Porque las chicas casi nunca se acercan a los chicos así tan de repente. Tienen la idea de que debemos ser nosotros quienes nos acerquemos. Es algo que me revienta. Lo juro. Y la besas y haces y dices todas esas cosas que se deben hacer cuando te estás besando con alguien por primera vez. Ya saben. Hasta le metí mano. Aunque esto fue al día siguiente, cuando volví a quedar con ella. Dios que si la metí mano. Imagínense. Mis manos debajo de su sujetador. Las dos. Hay que ver qué frío tenía yo encima. Hasta tiritaba y castañeaba los dientes. Y ahora le digo que se acabó. Así. Se acabó. No la volveré a meter mano nunca más. Creo que no me gustaba del todo. Pero besaba muy bien y todo eso. En serio que lo hacía. Joder. Qué suerte la mía. Les juro que no tengo solución. Encima otra vez tengo un frío del carajo. No deja de soplar el viento. Está helado. Con razón no hay una puta alma en la calle. Jodido frío.